Mañana, 15 de mayo, es festivo en Madrid.
Festividad de San Isidro Labrador, cuya historia os copio aquí.
La historia del santo es curiosa, hay bastantes referencias a los envidiosos que continuamente le acusan de absentismo laboral, baja o nula productividad, falta de respeto a los protocolos sociales y un sinnúmero de cosas más, pese a lo cual, la ayuda divina no le faltó nunca para darles en los hocicos a todos ellos y demostrar que tenía un enchufe del 9 con el todopoderoso.
Cambiando de tercio, mañana es día de chotis, chulapas, rosquillas, anises, y toda esa parafernalia que acompaña al madrileño castizo de toda la vida. Lo que sucede es que cada vez hay menos!! Madrileños de verdad, de esos que pueden presumir de padres y abuelos madrileños hay bien pocos…
Yo misma soy madrileña importada, de padres y abuelos aragoneses y nacida en Barcelona, criada en Madrid a partir de los 9 años de edad. Vaya mezcla. Así he salido, claro.
Recuerdo perfectamente mi llegada a Madrid, bien entrado el invierno. Hacía un frío de muerte. Yo jamás en mis 9 años de existencia había experimentado semejante gelidez. El clima de Barcelona es bien distinto. Ibamos al cole andando, estaba a 10 minutos de casa, cruzando el parque de Berlín. Tengo dos recuerdos bien nítidos, uno el frío paralizante que subía por las piernas más allá de los calcetines, y otro, los cuernos de chocolate que vendían en una panadería que había de camino al cole.
Eso sí eran bollos, y no lo que venden hoy en día. Estaban hiper-rellenos de chocolate líquido, al final no había manera de evitar ponerte el uniforme perdido.
También recuerdo mis problemas lingüísticos. En casa, por ser aragoneses, no teníamos tradición de hablar en catalán, pero al final, siempre había alguna palabra que se te acababa pegando en el cole, dado que se hablaba catalán por la calle con total naturalidad, y sin tanta parafernalia como hay ahora. Pero hablando de pegar, vaya pescozones que me gané en el cole de monjas cuando alguna palabra en catalán se me escapaba (recuerdo bien “maquineta” por “sacapuntas”). Toma ya inmersión lingüística, pero al revés y a lo bestia, a base de ostión de Sor Ignacia, monja inmensa y oronda que tenía la palma de la mano casi igual de grande que su culo. El gobierno catalán te multa cuando no rotulas en su idioma, pero en Madrid las monjas te sacudían cada cate que te dejaban bailando. Los juegos también eran muy raros. Las niñas jugaban -por supuesto, niños no había en mi colegio- con alfileres de cabeza de colores, lo de los “dubles” a la comba no los llegué a dominar jamás, por no mencionar que en mi colegio de barcelona estudiaba frances, y al llegar a madrid me pusieron a estudiar inglés así, de buenas a primeras, con una profe torda hipermaquillada y con el pelo rubio y largo que comía chicle y jamás mostró la mas mínima comprensión hacia la causa de mis nulos conocimientos de inglés y la manía que tenía de pronunciar “table” a la francesa. Lo de la logopedia, las profesoras de apoyo y las “aulas de enlace”, como que no se había inventado aún…
En Madrid, las niñas estudiaban mecanografía y taquigrafía, lo cual era una clara muestra de cuál se suponía que iba a ser su futuro profesional. No hay mal que por bien no venga, al final, he conseguido una velocidad tecleando que resulta ser la envidia de mis compañeros, y en la facultad tomaba mis apuntes con una comodidad absoluta (eso cuando iba a clase, porque la mayor parte de la carrera de derecho me la pasé en el bar o haciendo pellas)
Tardé una barbaridad en encontrarle la gracia a ese Madrid frío e inhóspito, a ese plan de estudios extraño, a encontrar verdaderas amigas -los catalanes en ese sentido son mil veces más entrañables, es verdad que cuando te ganas a un catalán como amigo lo tienes para siempre-. Las madrileñas siempre me parecieron mucho más veletas -hoy soy tu amiga, mañana no te hablo-.
En fin, que sigo sin verle la gracia a vestirse de chulapa, comer rosquillas y marcarse chotis. Bueno, tampoco es que aprendiera a bailar la sardana, y ya puestos, toda mi parafernalia tipical spanish churrigueresca únicamente alcanza a ir a la feria del pueblo de mi abuela vestida de baturra.
Total, para no saber ni cantar una jota…
En cualquier caso, para aquellos madrileños que esperan con ilusión una de sus más típicas fiestas, espero que mañana haga un día precioso y que lo pasen divinamente.
Silcas



